jueves, agosto 31, 2006

Los Encarcelados

Kuaric estaba nuevamente moviendo y gastando los barrotes del lugar donde se encontraba. Esta labor la venía realizando hacía ya tres temporadas calurosas, durante todas las noches, y a veces durante el día, incluso frente a sus vigilantes, los que, al parecer restaban importancia a sus actividades, pues confiaban en la resistencia de los barrotes que delimitaban el espacio libre del restringido.
Purom, alias "el Gardel", y Jéquet, alias "el Calmao", lo miraban y a menudo, como en otras ocasiones el calmao le preguntó:
- ¿Qué sacas con hacer eso?, nunca vas a romper esos barrotes -
Kuaric, siempre en el mismo rincón, afanosamente dedicado a su labor pese a la escasez de luz esta vez contestó:
- Algún día compañeros esto cederá y yo escaparé de esta prisión, y ustedes también podrán hacerlo, si es que tienen el valor de hacerlo -.
Jéquet, el calmao, aprovechando que esta vez obtenía una respuesta dijo casi gritando:
- Mira viejo, yo no tengo dónde ir, aquí por lo menos me dan comida y agua. Allá afuera es difícil conseguir agua limpia, y la que nos dan aquí ¡es casi cristalina! -
- Sí, puedes tener razón -, replicó Kuaric, - ¡pero yo no he hecho nada para estar entre rejas!, no merezco esta prisión, yo quiero ser libre, gritar y cantar en el campo, en el bosque o en las calles o donde me plazca –
Kuaric comenzaba a respirar más rápido de lo acostumbrado, su pecho se hinchaba con cada inhalación y sus ojos color miel parecían abrirse más y más dada la emoción con que hablaba, lo que contrastaba con su pálida tez. Kuaric era el ser más pálido que jamás habían visto los otros dos encarcelados. Ni siquiera el anterior compañero de éstos, Cheper, era tan "ario", y, al parecer, era del mismo país que Kuaric.
El Gardel Purom dijo: - Todos somos inocentes, eso creo – y miraba a Jéquet, para luego proseguir diciendo – Y no hay una razón clara por la que nos tengan aquí retenidos, pero aquí la comida es buena y allá afuera las cosas son muy difíciles –
- Prefiero morir de hambre que de pena, yo quiero volver con los míos, tener familia y olvidar este cautiverio – Decía Kuaric impetuosamente y con notoria alteración por la charla.
- ¿Cómo que cautiverio? – Dijo Jéquet – A ti por lo menos te dejan salir un rato poh Pepo, a nosotros siempre nos mantienen aquí adentro – el calmao se notaba ya un poco alterado.
- Primero que todo no me digas Pepo, ese no es mi nombre – replicó Kuaric casi ofendido – Y segundo, quizás tus crímenes fueron muy graves como para que estés preso durante tanto tiempo – dijo con tono casi irónico.
- ¡Yo no he cometido ningún crimen! – dijo el calmao Jéquet
- Yo tampoco - dijo el Gardel – Pero hay algo más importante Kuaric y que siempre te he querido preguntar ¿Por qué te molestas tanto cuando te dicen Pepo? -
- Pues porque ese no es mi nombre, ustedes saben que me llamo Kuaric, y no tengo otro nombre – contestó.
- Pero los vigilantes insisten en llamarte Pepo – Dijo Jéquet en tono burlesco.
- Lo extraño de todo es que a Cheper también le decían Pepo, y era muy parecido a Kuaric – dijo el Gardel reflexivamente, para luego seguir comentando: - Ese tal Pepo ha de haber sido un criminal terrible, pues yo llevo seis temporadas aquí, y Cheper ya estaba cuando llegué. Él también insistía en que no se llamaba Pepo... definitivamente ese tal Pepo ha de ser muy parecido a ti Kuaric, y es por eso que te detuvieron, ¡ creen que tú eres Pepo!-
- Quizás – dijo Kuaric, mientras seguía gastando los barrotes del rincón.
- En fin – dijo el Gardel Purom – Las cosas están así y yo no pretendo cambiarlas -
- ¿Acaso a ti no te molesta que te confundan con otro? – Preguntó Kuaric a Purom. Cuando el Gardel se aprestaba a contestar Jéquet replicó, con los ojos a medio cerrar como si la pregunta hubiera estado dirigida a él: - A mí no me molesta, además yo soy harto tranquilo, quizás por eso me dicen el Calmao, no veo otra razón -
- ¡Sí, oh! – dijo irónicamente Kuaric – los callaítos son los peores, ese tal Calmao con quien su-pues-ta-men-te te confunden parece que no es muy distinto de ti – agregaba casi entre risas.
- Mira 'on, yo no soy criminal, ni asesino, ni ladrón. A mí me detuvieron antes de salir del cascarón, compadre. A mi madre la tomaron presa de muy joven, y después nací yo, esto fue en otra prisión, donde estaba mi viejita, y luego a mí me trasladaron para acá. Lo peor de todo es que nunca me dieron una explicación, jamás me escucharon, yo reclamaba mucho antes de que tu llegaras Kuaric, pero tú has exagerado la nota, yo personalmente me aburrí..., quizás por ser hijo de una delincuente yo también debo pagar con cárcel. Seguro que mi padre, a quien nunca lo conocí, también era un reo, y yo, por consiguiente podía ser muy peligroso, pero aquí estoy, soy tranquilo, tengo comida, no tengo que trabajar, el sol da en mi lado todas las mañanas y en la tarde tengo sombrita.
- ¡Tsss! Eso no es suficiente – dijo Kuaric.
- La Libertad es linda – dijo Purom – pero muy sacrificada, todo el día en torno a la supervivencia, que tenís que llevarle comida a tu familia, tú también tienes que comer, que no te vaya a pasar algo en el camino, es complicado...pero hay algo que si vale la pena... echai la cagá y no tenís que ver como se pudre al lado tuyo, esperando que los flojos de los vigilantes se acuerden que hay que limpiar las celdas. Si hay algo que no soporto es tener que comer sobre la caca, muy limpia será el agua, ¡pero te la ponen sobre la caca!, a veces la comida es rica, ¡pero tenis que comer parao arriba de la caca! Esa es la única razón por la que escaparía -.
- Andas preocupado de la caca y no te cortas las uñas de las patas ¡cochino! – le dijo Jéquet riéndose.
- Mira pajarraco, vos cagai harto hediondo y nadie te dice nada – contestó Purom ciertamente alterado.
- Sí cierto, además te cagas en cualquier lado y después uno anda a chutes con los mojones – dijo Kuaric mientras no paraba de gastar los barrotes.
- Bueno Gardel no te enojes tanto – dijo Jéquet – si era una broma lo de las uñas, y a todo esto ¿por qué te dicen Gardel a ti? – Cambiando hábilmente de tema.
- No tengo idea – dijo Purom.
- ¿Quién cresta será ese tal Gardel? – se preguntaba a sí mismo y en voz alta el calmao Jéquet, como tratando de dejar atrás definitivamente el tema anterior.
- No sé, no sé – contestaba Purom – Y ya quédate callao que yo quiero dormir-.
- Sí es mejor – dijo Jéquet – Oye Pepo... perdón Kuaric, déjate de hacer eso y duérmete -.
- Sí, ya voy – contestó Kuaric.
Sin embargo el raspar de los barrotes se escuchó toda la noche como de costumbre.
Al otro día, Kuaric seguía con el asunto de los barrotes, cuando Purom despertó, vió que Jéquet ya estaba despierto disfrutando del sol matinal que tanto le gustaba y que entraba por el costado derecho de la celda.
- Este tipo está loco... ¿A qué hora duerme? – Dijo Jéquet a Purom casi susurrando.
- Cuando logre salir de aquí va a dormir tranquilo – contestó Purom también susurrando.
De pronto un extraño ruido se escuchó, parecido al de una campana pequeña, muy pequeña
- ¡Lo logré! – dijo Kuaric – ¡Rompí el barrote!, Vengan, ayúdenme a doblarlo antes que los vigilantes vengan a dar la ronda de la mañana -.
Rápidamente los otros dos saltaron hacia la barra de metal y entre los tres hacían fuerzas para doblarla. Por el espacio que se lograba hacer no pasaba siquiera Jéquet, que era el más pequeño, y que por lo demás no tenía muchos deseos de escapar.
Kuaric era el más entusiasmado y el que más hacía fuerzas. Sin duda era el más fuerte de los tres, pero su fuerza no era suficiente, el cansancio acumulado por años de trabajo durante el día y la noche ahora se hacían notar.
De pronto, uno de los vigilantes apareció por el pasillo, caminando con paso fuerte. Jéquet y Purom abandonaron la labor y se colocaron al otro lado de la celda. Kuaric seguía haciendo fuerzas para doblar ese barrote que le daría su libertad. Tres años le había tomado cortarlo, ahora lo único que tenía que hacer era doblarlo un poco hacia fuera, lo que casi conseguía.
El vigilante miró a Kuaric, pero siguió de largo en su caminata, posiblemente no se dio cuenta porque a Kuaric siempre se le veía ahí, en ese mismo rincón. Nuevamente Jéquet y Purom ayudaban a su tenaz compañero a doblar el barrote, sin embargo el vigilante se devolvió antes de llegar al final del patio, y con dos pasos se colocó frente a ellos.
- Miren lo que tenemos aquí – dijo - ¡Román trae un alambre que el Pepo se quiere escapar y casi lo logra! – Gritó hacia adentro del recinto. En menos de un minuto el vigilante tenía el pedazo de alambre en la mano y... con sus dedos, dobló el barrote hacia adentro, lo colocó en su posición anterior y lo reforzó con el pedazo de alambre acerado. – ¡Cuidado con tratar de escapar otra vez Pepo! – gritó el vigilante y luego se retiró.
- Tres años de trabajo deshechos en menos de lo que demora uno en tomar agua – decía Kuaric con evidente furia y con los ojos llenos de lágrimas.
- Tres años... ¡Y lo arregló con sus dedos! – sollozaba.
Jéquet y Purom, con tristeza y al borde de la emoción, lo miraban en silencio desde el otro rincón de la jaula mientras comían alpiste.
Purom, un zorzal cantor que se le conocía como el Gardel, aún vive enjaulado, pero en otra casa. Fue vendido a una señora mayor que lo cuida mucho y limpia su jaula todos los días tal y como él siempre lo había deseado, a cambio, él canta casi todo el día.
Jequet escapó de sus captores en un descuido de éstos cuando le daban comida, él era una cata de color verde amarillo y respondía al nombre de calmao. Finalmente conoció la libertad y vivió en esas condiciones por una semana, hasta que fue víctima de un aguilucho quien lo cazó por lo llamativo de sus colores.
Kuaric, una cacatúa australiana de color blanco, traída por contrabando, y que respondía al nombre de Pepo, al cabo de un par de meses, fue rescatada del maltrato de sus captores gracias a un operativo policial que pretendía detener a contrabandistas de aves exóticas. Fue puesta en el Zoológico Metropolitano de la ciudad de Santiago con otras de su clase en una jaula mucho más grande en donde ahora puede volar un poco. Se le puede reconocer porque es la única que insiste en picotear los fierros de la jaula en un rincón determinado. Nadie ahí sabe por qué lo hace.